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     EL COMERCIO DEL LIBRO ANTIGUO : LAS LIBRERIAS.

          Juan F. Pons   

Me ha comentado el Dr. Pedraza que algunas personas ya estuvieron en el curso pasado. Este año voy a decir en esencia lo mismo que el año pasado, con pequeños añadidos y retoques, pues no han cambiado las cosas en un año, como para configurar de nuevo esta Charla – Taller. Es un gesto de benevolencia el que decidan permanecer, a pesar de ello. Les doy las gracias por ello. 
 En cambio, creemos en la especialización librera como elemento indispensable para su gestión. Cientos de miles de obras nuevas cada año en el mundo no los puede digerir nadie, sea virtual o real.  Pueden interrumpirme cuando quieran, para pedir detalles y/o para discrepar, que aquí estamos todos para aprender y la discusión es una de las bases del conocimiento.   
Introducción:  Ustedes saben que el exceso de información impide o limita el conocimiento, por lo que procuraré dosificar los datos, cifras, fechas, nombres y demás trucos que tienen los charlistas profesionales, para convencer a sus escuchantes de su infinita sabiduría. No es ese mi caso. Esta charla – taller es el fruto de un esquema que presenté al Dr. Pedraza, Director de este Curso, a finales de Junio. El desarrollo lo he llevado a cabo en mis vacaciones de verano. El primer año – 2002 - , en este mismo curso, me lo pasé muy bien comentando mi visión sobre “Coleccionismo y Bibliofilia”. (Las Prensas Universitarias de Zaragoza editaron los esquemas de las intervenciones). El año pasado traté del “Comercio y la Tasación del Libro Antiguo”, desde la óptica de un librero.  
Lo que voy a hacer aquí esta mañana es una cosa muy simple: Unas cuantas ideas, vivencias y pensamientos en torno a los libros antiguos y su comercio.  Ustedes han recibido mucha y sabia información en los días que llevan de este curso. Hoy, me imagino que el cierre del Curso,  la conferencia de la Sra. López – Vidriero será sencillamente sublime. Déjenme ser la nota relajada, ligeramente descafeinada, de este curso.  Si me permiten una referencia personal, que les puede ayudar a conocer lo que anida en mi memoria, les diré que soy hijo de librero y librera, casado con librera, padre y suegro de libreros. En la otra rama de nuestra familia, Marcial Pons es mi tío. Soy por tanto sobrino, primo y tío de otra saga de libreros. Tengo dos nietos y el mayor de ellos – Marcos de casi seis años – ya lee y empieza a organizar sus docenas de libros infantiles de casa por tamaños y “familias”. (El de tres años de limita a ver los dibujos, como es su obligación, imaginando las historias que el libro encierra). 
Digo esto para insistir en que los libros siempre han formado parte de mi vida; el olor de los libros antiguos, ese olor que los libreros y bibliófilos conocemos bien, pero que no sabemos explicar. Es un perfume que me obliga a frenar en seco cuando estoy en cualquier ciudad del mundo – aunque sea por vacaciones - y lo noto, aunque sea en la media distancia...El pasado mes de Enero me sucedió en Ciudad de México, junto a la Plaza del Zócalo, al pasar por la puerta de una librería. Entré porque algo me dijo al ver el escaparate que me estaban llamando desde el interior. Pasé y fui directo a una zona de la librería donde encontré enseguida unas buenas piezas. El librero lo notó y recuerdo su sonrisa de complicidad. Me preguntó en Inglés de qué país era librero y le contesté en nuestra lengua común. Le compré unas cuántas buenas piezas, que dos semanas después ya estaban en otras manos, aquí en España,  que los acogieron con satisfacción. De paso, disfruté charlando con el librero, pues habíamos tenido un amigo común. Me refiero al maestro Porrua – no el editor, sino José, el librero anticuario – fallecido hace unos años, pero continuado por su hijo, quien ha salido un primera división.  
Los libreros tenemos libros antiguos para la venta, pero no sentimos ningún desgarro en el alma cuando uno de nuestros libros sale del establecimiento, de la mano de su nuevo poseedor. Hace unos años asistí a una charla de uno de los “popes” de la librería anticuaria española y afirmó poniendo cara de viudo triste, el intenso dolor que sentía cuando vendía uno de sus libros. Yo me sentí como si fuera un extra-terrestre, al descubrir que mi sentimiento era de alegría, por un doble motivo. Por un lado, soy librero que se gana el sustento con su trabajo y este consiste en comprar y vender libros, obteniendo un diferencial entre el precio de compra y el de venta, que podemos llamar beneficio. Pero hay otra razón más íntima, que no quise explicarle – ni siquiera en privado – al colega doliente: Los que tenemos libros antiguos no somos en realidad sus dueños. En realidad, solamente somos sus depositarios temporales. Los libros antiguos no son de nadie, que bien libres son. Tienen vida propia, más larga que la nuestra. Hemos de cuidarlos y disfrutarlos, durante el tiempo que estén bajo nuestra custodia y pasarlos a las siguientes manos, con alegría y respeto.
Los libros se merecen mucho más que ser parte del patrimonio de alguien, aunque sea un bibliófilo amantísimo.  El libro antiguo – como el Buen Amor – no se busca; se encuentra. Mejor dicho, son ellos quienes nos encuentran, si los sabemos merecer. Quizás la clave de estas vivencias sea la frase que me dijeron cuando era todavía un chiquillo: Hagas lo que hagas, ¡AMALO!.  Hace unos años escuché esa misma frase en la película “Cinema Paradiso”. He procurado vivir de esa forma mi oficio de librero.  La memoria es una baraja de olvidos. Los recuerdos no son otra cosa que las cartas de la baraja, ordenadas en una extraña filigrana. He intentado reagrupar esos naipes de forma ordenada y armónica. Si fuera posible, me gustaría que fuera entretenida, incluso. Nuestra “civilización de la economía” ha desbancado al libro del lugar que podría corresponderle. Ya no se busca tanto a los lectores, sino al cliente y ese pequeño detalle tiene su importancia, a la hora de fijar las pautas del comportamiento comercial. El libro no puede ser considerado como un soporte más de la información y la documentación. De forma especial, el libro antiguo puede ser considerado como un Notario que se convierte en fedatario público de la evolución del pensamiento del Hombre.  Vuelvo a citar otra frase de película: “Leemos porque así sabemos que no estamos solos”. (Tierras de Penumbra). Los libreros usamos – a veces – diferentes palabras que los archiveros / bibliotecarios, para referirnos a las mismas cosas. Eso no significa que unos u otros seamos peores profesionales, sino que el lenguaje y su riqueza permiten esos juegos. Por ejemplo, para los bibliotecarios un documento es cualquier elemento que contenga información y sea susceptible de ser conservado y catalogado, en cualquier forma y soporte.  Para los libreros, un documento es un elemento diferente a un libro, a su vez distinto de una revista, de unas microformas, de una obra en formato electrónico...etc. Les ruego que escuchen mis palabras con benevolencia en este punto. 
Una  Un ejemplo clarísimo es la Viuda de Ibarra, que regentó la que quizás fue la mejor imprenta española de finales del siglo XVIII. MANUELA CONTERA, sólamente dio su nombre en un documento notarial existente en un protocolo del Colegio de Madrid, relativo a la compra-venta de una casa. Los libros antiguos no se vuelven nunca viejos. Los libros actuales pueden hacerse eternos, pero la mayoría se harán viejos y caerán en el olvido y/o en el reciclado. (Al menos en este último caso sus elementos serán reutilizados...). 
Las librerías no son el único canal de adquisición de los libros antiguos. Mercadillos en las plazas; Internet pagando con tarjeta de crédito (Cuidado con esta fórmula, que puede causar un disgusto, como el que me causó “Librería Gutenberg” de Milán); Ferias del Libro Antiguo (acuden las librerías, normalmente); Clubes y Asociaciones de Bibliófilos; Aficionados múltiples que trapichean y juegan a libreros… No me atrevo a decir que estos canales “alternativos” no tengan derecho a funcionar, pero echo de menos un cierto rigor, en cuanto se refiere a la exigencia del cumplimiento de las leyes en vigor. Ya he citado el derecho que tienen Ustedes a interrumpirme cuando crean oportuno. Añado la posibilidad de mejorar entre todos este Taller, con sus intervenciones. Pero no se sientan obligados a hacerlo. Tampoco les haré preguntas, ni jugaremos a la Dinámica de Grupos.  Me he escrito lo que tengo que decir, para ajustarme al tiempo de que dispongo y no quedarme corto, ni pasarme de hora, por respeto a la Sra. López-Vidriero. Pero también, porque tener el texto me serena y me ayuda a superar el miedo escénico ( ¿Pánico?) que tengo, cada vez que he de hablar en público. Tántos años haciéndolo y cada vez me pongo más nervioso…¿Será la edad?.   
Crónica del oficio librero.  El oficio que tengo el gusto de ejercer desde el año 1961 tiene su Historia y sus historias. Me limitaré a una breve crónica, pues la Historia la escriben los historiadores y las historias las cuentan los que tienen el arte de saberlo hacer.  Ni lo uno ni lo otro figuran en mi curriculum, aunque puedo presumir de que mis nietos se encandilan cuando les cuento las historias que me invento, antes de que se duerman.  Hay dos teorías en cuanto al inicio del oficio librero. Unos afirman que surgió a principios del siglo XVI, cuando los impresores creyeron que era molesto interrumpir su trabajo en la máquina de imprimir, para atender a quienes querían comprar sus libros. Era aconsejable, por tanto, que otras personas, que no fueran expertas en el oficio del impresor, pero supieran del comercio, se encargasen de “mostrar” los trabajos destinados a la venta a los visitantes de la botiga. (De ahí podría venir la palabra “mostrador”, que es como llamamos al mueble donde se apoyan los libros en nuestros establecimientos). 
Otros creemos que este difícil pero bello oficio comenzó en la Grecia Clásica, en donde los bibliópolas se dedicaban a la venta de los roldes (rollos) realizados por los copistas. Claro está que siempre hay algún iluminado que afirma que eso lo hacían ya los chinos tres mil años antes...pero hoy no me toca entrar en polémica.  En la Roma Clásica, en la zona del Argileto, estaban ubicados los establecimientos donde los bibliópolas ofrecían sus mercancías. El interior de esos locales presentaba un aspecto similar al de las actuales librerías anticuarias, salvando las inevitables diferencias. Los armarios de madera en donde se colocaban los roldes dieron lugar a que el poeta bilbilitano Marco Valerio Marcial – autor de los “Epigramas” – los definiese como “nidi” (nidos).  
Las librerías de aquella época eran lugares de encuentro de filósofos, poetas…y de conspiradores. En sus rincones encontraban el lugar adecuado y discreto para una conversación privada, tal como relata Aulo Gelio en sus “Noches Aticas”. Hay una leyenda basada en unas menciones imprecisas en clásicos latinos que afirma que los asesinatos de Julio César y de Calígula se fraguaron entre los nidi de unas librerías. (Otros magnicidios de la época, como el del emperador Claudio se gestaban en su propio hogar, pero ésa es otra historia...). Los libreros han tenido como deporte de riesgo a lo largo de su historia el desafiar a los poderosos. Los libreros de la Roma Clásica tenían esclavos y libertos dedicados por completo a copiar los libros que debían ser enviados a las bibliotecas del Imperio. Cicerón menciona a su librero y amigo Pomponio. Horacio hace lo propio con los hermanos Socio, también libreros.
Creo que debía existir como tal el oficio librero, como para ser citado por esos clásicos y por otros que aún no he leído... Las Partidas de Alfonso X el Sabio dictan las recomendaciones al Rector del Estudio General (ahora se llama Universidad) acerca de los requisitos para elegir al “estacionario” (librero) y para permitirle el préstamo de los ejemplares a los alumnos universitarios. Los ejemplares eran escasos y los alumnos numerosos y pobres en su mayoría. Hubo que olvidarse de la venta y pasar al alquiler, eso que ahora algunos llaman “licencia de uso de la información”. En la Córdoba del Califato hubo una Calle de los Libreros, que vendían públicamente sus mercancías y que podían ser subastadas en algunos casos, según la valía y rareza del ejemplar. Así lo cita en su obra León el Africano en el año 1220 de la era cristiana. (Y creen las Salas de Subastas actuales que han inventado su tarea con los libros...).
Esas librerías eran tambien talleres de encuadernaciones artísticas de gran belleza. Aún se conserva esa artesanía, con el nombre de “Cordobanes”, si bien está a punto de perderse en España, aunque la continúan en Túnez. Mi hijo Juancho los descubrió hace cinco años y en el Verano del 2003 encontré un lugar en el zoco de Túnez que ofrecía cordobanes. Los dibujos que adornan los cordobanes están pensados para la lectura islámica, es decir de derecha a izquierda. Un turista “inteligente” italiano que estaba en la tienda tunecina le dijo al artesano que estaba al revés. Aún recuerdo la mirada que me dirigió el artesano del cuero… 
Durante el siglo XVI se iniciaron en Europa los Gremios y Cofradías de Libreros, curiosamente todos ellos bajo la advocación de su santo Patrono, San Jerónimo de Dalmacia, doctor de la Iglesia y traductor de los libros bíblicos del Hebreo y el Griego al Latín, la conocida como la Biblia Vulgata. Fray Luis de León se atrevió a traducir la Vulgata al Castellano y le costó un disgusto al autor de la frase “Decíamos ayer...”, a instancias del llamado Santo Oficio.  No estoy seguro de que aquello fuera un oficio y menos aún santo, pero ésa es otra historia... Por cierto,  ¿Saben Ustedes que existe la edición del texto completo del Proceso que le hicieron?. Es un tomo del CODOIN…Perdón por despistarme del tema. 
El Dr. Guillermo Redondo Veintemillas, profesor de la Universidad de Zaragoza, en su interesante trabajo de investigación sobre las Ordinaciones del Gremio de Libreros de Zaragoza, sitúa en el 5 de Febrero de 1537, la fecha de creación de tal Cofradía, “a instancia de diez de ellos y para evitar fraudes y engaños que se cometen en el dicho officio por los encuadernadores de libros de dicha ciutat”. Este documento, situado en el Archivo Histórico de Zaragoza, nos convierte a los zaragozanos en el Gremio de Libreros más antiguo, al menos en cuanto a su documentación conocida se refiere.  Se situó en la Iglesia del Monasterio de Santa Engracia, de la Orden Jerónima, claro. Es muy interesante la lectura de sus Ordinaciones...
 Puedo citar alguna cosa de su contenido.  Los libreros han realizado desde sus inicios una tarea que sistemáticamente ha levantado las sospechas de los poderosos de turno. Solamente en España, a modo de ejemplo, ya en el año 1502 los Reyes Católicos promulgaron una “Pragmática”, regulando la censura de los libros que habían de circular por sus reinos.  En el año 1558 se publicó una nueva “Pragmática”, cuya intención era la de precisar el sometimiento riguroso a la norma administrativa, que debían seguir los libreros de los reynos de las Españas. Esta norma se asentaba sobre cuatro elementos básicos, de carácter social, político, religioso y económico.  
 Los libreros han realizado desde sus inicios una tarea que sistemáticamente ha levantado las sospechas de los poderosos de turno. Solamente en España, a modo de ejemplo, ya en el año 1502 los Reyes Católicos promulgaron una “Pragmática”, regulando la censura de los libros que habían de circular por sus reinos.  En el año 1558 se publicó una nueva “Pragmática”, cuya intención era la de precisar el sometimiento riguroso a la norma administrativa, que debían seguir los libreros de los reynos de las Españas. Esta norma se asentaba sobre cuatro elementos básicos, de carácter social, político, religioso y económico.  
 Sin remontarme a la Guerra del Peloponeso, en mis comienzos de gestión librera tras la muerte de mi padre en el año 1969, editar un Habíamos de cumplir un requisito indispensable, que consistía en la presentación del original a la Censura del Ministerio de Información y Turismo, para que nos dijesen si alguno de los libros debía ser retirado de la oferta por razones políticas y/o religiosas. La ignorancia de la norma nos podía suponer la incautación de aquella obra que no fuera permitida, que nadie nos pagaría, claro, y una sanción administrativa, además de ser incluidos en la lista de los “desafectos al Régimen”. Les hablo del siglo pasado claro, pero les recuerdo que no han pasado tantas décadas, ya que tengo 57 años y hablo en primera persona del singular.  Ahora bien, lo que hizo un daño terrible a los libreros e impresores españoles, fue la decisión de Felipe II de conceder el Privilegio a mi admirado Cristóbal Plantino (Amberes) y sus descendientes – los Moreto – de editar y vender los libros religiosos de la única y verdadera Religión en los reynos de las Españas. Esto hizo que hasta 1764 todos los libros para el Culto se imprimiesen fuera de nuestras fronteras, con lo que ello suponía para la economía de los libreros españoles.  Si tuviéramos tiempo, les hablaría sobre la deliciosa amistad que hubo entre Benito Arias Montano y Cristóbal Plantino, que es un tema en el que me he atrevido a estudiar un poco. Puedo citar alguna anécdota de su correspondencia y su  amistad, así como el trueque de libros por caldos extremeños, buenos para calmar la melancolía de los largos y duros inviernos de Amberes.
Motivos religiosos impidieron que se editasen en España las obras de Erasmo, Galileo, Keplero, Copérnico, Newton, Descartes...Un desastre para la Historia de la Edición y Comercio del Libro en España. ¿Quién servía los libros “extranjeros y especiales” a los señores poderosos con interés por la lectura, en tiempos de censura e intolerancia?. Otro tema interesante para la investigación, que creo llegará a una sencilla conclusión: Fueron los libreros, arrostrando riesgos, pero cumpliendo con su oficio. No los considero héroes ni mucho menos mártires, simplemente buenos profesionales, como diríamos ahora.  La Biblioteca de Jovellanos, con los aires frescos del movimiento enciclopedista, fue el fruto – en mi opinión – del trabajo de varios libreros de confianza del asturiano. No me imagino al embajador español en París poniendo en riesgo su cargo por buscarle y enviarle libros prohibidos a Don Melchor Gaspar de Jovellanos.
Mas bien me imagino a los libreros de la época haciendo su oficio con la discreción que se requiere en estos casos. Debemos a Denis Diderot (1713 – 1784) uno de los textos más bellos e interesantes sobre las librerías. Su “Lettre sur le Commerce de la Librairie”, que le encargaron los responsables du Syndicat de la Librairie es un análisis intemporal sobre las peculiaridades de nuestro noble comercio.  Las librerías fueron los centros de difusión de la “Encyclopedie de Diderot et d´Alembert” y de la Ilustración. Es sabido que el movimiento enciclopedista tuvo en España sus introductores, entre otros los Hermanos Elhuyar – descubridores del Wolframio – pero no es menos cierto que fueron libreros de la época quienes vieron en esas obras un filón de negocio – primum vivere, deinde filosofare – y de ampliación del conocimiento.  
El simple tamaño de la “Encyclopedie” hace inviable que fueran los “intelectuales de la época” quienes trajesen las colecciones a España. Sería estupendo conocer dónde fueron comprados los primeros ejemplares de la “Encyclopedie...” que llegaron a las bibliotecas españolas. Supongo que habría por medio la emisión y el pago de una factura. No es nueva la burocracia española, en cuanto a justificación de los gastos de los presupuestos públicos, por lo que podríamos encontrar los documentos contables de compra-venta de una obra de semejante tamaño y precio, que algunas bibliotecas públicas y universitarias españolas adquirieron a los pocos meses de su edición, según conste en las fichas de incorporación al inventario de la biblioteca. 
Por cierto, que uno de los últimos ejemplares originales de la “Encyclopedie…”, en su Troisième Edition (Généve, Neufchatel, Lyon) que han venido a España para su venta está ante sus ojos…Claro que acaban de hacer una edición en DVD de esta joya, que se puede obtener al precio reducido de 125,00 Euros, IVA Inc..  A eso le llamo aprovechar para bien los avances de la tecnología, en materia de soportes de la información. La segunda mitad del siglo XIX fue muy triste para las librerías españolas. La intolerancia religiosa y política se agudizó en tiempos de Fernando VII y ello se tradujo en penalidades para los libreros. Un repaso a los Reales Decretos de su reinado nos permitiría conocer que los libros y los libreros eran a menudo los sujetos pacientes de esas disposiciones. No fueron mejores los primeros tiempos de Isabel II.   En otros paises también hubo problemas para los libreros.
Puedo mostrar la obra “De la Librairie, son ancienne prosperité, son etat actuel....etc” editada en Paris en 1847 por el librero Hébrard y cuyo contenido podría ser trasplantado a otras épocas más recientes, adaptando un poquito el lenguaje. Ciertamente, no menciona todavía las consecuencias de la globalización de la economía de la información a través de Internet. Pero el futuro siempre acaba llegando, aunque los hombres intenten retrasar su presencia, por medio de engaños, prohibiciones dogmáticas y amenazas... El oficio de la librería anticuaria renace de sus propias cenizas en España en el siglo XX, hasta 1935.  Salieron al mercado las bibliotecas de algunas casas de nobleza venidas a menos y la Bibliofilia y el coleccionismo de libros antiguos gozó de una cierta “primavera”. El periodo de entreguerras mundiales supuso para muchos sectores de la industria y el comercio de la España neutral un tiempo de prosperidad.
 Los libros no fueron menos, aunque siempre limitados en su labor editorial por la censura eclesiástica y política. El periodo comprendido entre 1939 y 1975 fueron años duros para España y también para los libreros españoles. Traer libros, como prueba de imaginación. No se crean Ustedes que los libreros se dedicaban en los tiempos del franquismo a traer los libros prohibidos en sus maletas, cuando regresaban de sus viajes al extranjero. Entre otras razones, porque los libreros no tenían dinero – ni posibilidades – para viajar al extranjero. Algunos teníamos la enorme fortuna de visitar Francia en los meses de Verano, debido a un “intercambio juvenil”, que tanto bien nos hizo, en la apertura de nuestros espíritus y conciencias.  
Esos libros venían a España en camiones y en barcos, con sus correspondientes licencias de importación. Obviamente, los títulos de las facturas no correspondían con los de las obras que viajaban en las cajas. Una de las empresas que  mayores negocios hacía era una sociedad de Madrid, uno de cuyos socios era un comisario de policía, destinado en Madrid. Antes de escandalizarnos con esas cuasi - corruptelas, podemos pensar que gracias a ellas llegaban a la España de la penumbra obras tan deseadas como precisas para que los españoles tuvieran una idea plural de la cultura y la literatura. Quiero recordar que estaban prohibidas – incluso – obras como el “Platero y yo” de Juan Ramón Jiménez. Para no alargarme demasiado, les propongo la lectura del libro “Mercaderes de Libros”, cuyo autor es Javier Paredes Alonso, editado por la Fundación Germán Sánchez Ruipérez de Salamanca. Es una impecable crónica de mi oficio, fruto de rebuscar entre los archivos de la Hermandad de San Jerónimo de la Villa de Madrid.  ¿COMERCIANTES? ¿AGENTES CULTURALES? 
Los libreros somos definidos ahora como agentes culturales, pero fuimos en el pasado considerados como agentes diabólicos, propagandistas de la subversión y la herejía. Recuerdo una entrevista que tuvimos con el entonces Ministro de Información y Turismo, Alfredo Sánchez Bella. Este personaje decidió cerrar la Escuela de Libreros de Madrid (Tenía su sede en la BNE) porque se daba cuenta de que esa escuela era un centro de formación para elementos perturbadores. Es para mi un honor ser un elemento perturbador de la sociedad española.
  Los libros no entienden de fronteras. Ni geográficas, ni políticas, ni ideológicas, ni siquiera históricas. Tienen su propia vida, aunque les afecten las vidas y las decisiones de sus poseedores. Los libreros tampoco entendemos de fronteras ni de barreras para el libro ni para su oficio. Algunos lo han pagado caro, pero es el precio de la libertad y – frase casi Calderoniana -  “es el coste de su honor”.  
Ya he dicho que nuestro oficio ha estado permanente rozando los límites de la norma administrativa, en distintos aspectos.  Aún recuerdo cómo me latía el corazón cuando pasaba las fronteras a mis dieciocho años trayendo de París algunos libros prohibidos, editados por Ruedo Ibérico... Pero no crean que somos así por un deporte de riesgo que consista en desafiar al poder. Se trata, simplemente, de que nuestro oficio ha de ser hecho en libertad. Cualquier otra interpretación de la tarea librera puede ser llamada de otras formas, pero es otra profesión.  A modo de síntesis, podemos decir que hemos de ofrecer todos los libros a todos los lectores, sin entrar en detalles de conciencia. Les aseguro que tenemos nuestros propias ideas políticas y morales, pero no las ejercemos cuando estamos trabajando. Cuando la biblioteca de una Facultad universitaria, en la que existe un grupo de investigación sobre los fascismos de la primera mitad del siglo XX nos solicita, por ejemplo, El Discurso de Goebbels en la Asamblea del Partido Nazionalsocialista, en Nüremberg, año 1938, o cualquier otra de las obras de la época con la apología de esas teorías políticas, debemos poner el mismo empeño en darles buen servicio que si fueran sobre cualquier otra materia. 
  Haebler es uno de los impulsores del “Gesamtkatalog der Wiegendrucke”, alma mater de la descripción contemporánea de los impresos anteriores al año 1501. Kraus es de esos maestos libreros que no se limitan a citar la obras que ofrecen – con mayor o menor gracia y detalle-  sino que añaden las famosas “notas de librero”, relativas a los autores, traductores, impresores, grabadores...etc., que tanto enriquecen un catálogo librero y la historia de la bibliografía en general.   Citar el artículo de HIBRIS sobre Hans P. Kraus.  

España, país de reyes bibliófilos.  Me gustaría investigar las razones de una curiosa contradicción: España ha sido un país de durísima represión hacia los libros y los libreros, pero sus reyes han destacados por su pasión por los libros. Hubo una exposición en la Biblioteca Nacional, allá por los años noventa, si no me equivoco, cuyo catálogo y contemplación me permitió descubrir este nuevo nivel de mi ignorancia. Les invito a que consulten en alguna biblioteca el catálogo – que un  ex amigo me pidió prestado y nunca me devolvió – y lean el texto de Presentación por parte del Comisario de la Exposición.

No intenten comprarlo a precio razonable, pues ese catálogo sale raramente a la venta y alcanza precios de disparate. Desde Alfonso X el Sabio - cuya biblioteca fue la semilla de la maravillosa Biblioteca Capitular y Colombina (Sevilla), enriquecida con la del hijo del Almirante Colón, Don Hernando – hasta Doña Sofía, la actual Reina, la Casa Real española ha gozado de ser muestra de bibliófilos ilustres.  Incluso José Bonaparte – mal llamado Pepe Botella – enriqueció los fondos bibliográficos de la Real Casa, ya que sus secretarios invitaban a propuesta suya a quienes habían de hacerle algún regalo a que le entregasen libros, que “son obsequios siempre bien apreciados  por Su  Majestad”. 
Para finalizar esta primera mitad de mi charla, les sugiero una sonrisa, con unas gotas de picardía: Lord George Villiers (Duque de Buckingham y Primer Lord del Almirantazgo) fue un famoso bibliófilo. Compró el contenido del Palacio de Mantua. 15.000 libros,  cuadros, estatuas...etc. que viajaron a Inglaterra en tres barcos de guerra, por autorización expresa del rey Charles II. (Archivo del Almirantazgo). Unos años después – 1627 – Cronwell y sus filisteos puritanos vendieron por una miseria esa biblioteca, tras los expolios que hicieron de los palacios de la nobleza que apoyó al rey Charles, cuya cabeza perdió. Aunque lo que le hizo famoso a Lord Villiers no fueron sus libros sino el hecho de perder dos juicios en el mismo año, por razones contrapuestas.  
¿En qué consiste nuestro trabajo?.  Los libreros pueden ser también bibliófilos, pero nunca pueden ser sus mejores clientes. Cada asistente puede proponer su propia definición de Bibliofilia y de Bibliófilo. Empiezo por la propia: “Bibliófilo es una persona capaz de descubrir que el libro no es un objeto, sino una intimidad, un propósito”. Hay una expresión latina que define bien la relación que debería haber entre los libreros anticuarios y los libros que tienen a la venta:  “Afectio et Convivencia”.  La encontré en el Exlibris de un coleccionista y bibliófilo alemán. Somos como unas Celestinas que propiciamos gratos encuentros entre los lectores y el objeto de su ilusión. La Bibliofilia y el Coleccionismo de libros podrían merecer otras dos horas de charla. Los dejaremos para mejor ocasión. 
 Los esfuerzos de las Administraciones Públicas para recuperar los fondos relacionados con sus competencias y territorios precisan de la eficaz búsqueda y suministro de libreros especializados.  Nuestra librería ha comprado a colegas extranjeros muchas piezas que debían regresar a su casa, en nuestro país. A veces esto requiere pagar un poco mas de lo necesario, pero no conozco otro método mejor que el de traer el libro de donde se encuentre. 
 En primer lugar que el precio debería ser regulado por el libre mercado, no por la voluntad de los técnicos de la Administración. (Las subastas de libros resuelven este problemas, pero crean otros, a los que luego me referiré). En segundo término que el pago de esas transacciones se hiciera en tiempo razonable.  A pesar de todo, sigo convencido de que el Bien Común ha de prevalecer sobre el bien particular, incluso cuando ello ha podido afectar a mi librería. (La Biblioteca Nacional me “pisó” una bella colección – haciendo uso del Derecho de Tanteo -  con una impecable encuadernación, que yo había comprado en una subasta, del “García – Carraffa” de los 88 tomos...). 
¿Cómo llegan los libros a nuestras librerías?.  Ya he dicho que la Ley nos obliga y hay que cumplirla. Las librerías hemos de tener el Registro de Compras, donde detallamos a quién compramos, qué le compramos, cuánto le pagamos...etc.  Esto nos plantea algunos problemas, cuando una persona nos quiere vender parte de su biblioteca, pero quiere hacerlo “de forma discreta”, por un sinfín de razones. Tenemos que explicarle que nuestra anotación de sus datos garantiza su confidencialidad. El problema surge cuando las obras nos son embargadas por decisión judicial y es muy complicado recuperar el dinero pagado por ellas, a pesar de haber cumplido escrupulosamente la legislación. Los libreros no podemos saber si quien nos vende algunas obras diciendo que son de su biblioteca “las ha tomado prestadas”, antes del reparto de la herencia del tío párroco y bibliófilo... 
La compra de bibliotecas a particulares son a veces los juegos florales de nuestro tiempo. Les aseguro que el regateo me pone enfermo.  Ni si
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Libros antiguos, raros, curiosos y agotados
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